Camilo Varela INSTALACIONES INDUSTRIALES

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Actualidad industrial

15 - 06 - 2008

 

 

LA CUESTIÓN ENERGÉTICA

LAS RETICENCIAS DEL GOBIERNO A APOSTAR POR LAS CENTRALES NUCLEARES DEBERÍA SERVIR PARA ABRIR UN PROFUNDO DEBATE EN ESPAÑA SOBRE LAS FUENTES DE GENERACIÓN PRESENTES Y FUTURAS

Análisis de Rafael  Salgueiro, profesor de la Universidad de Sevilla

 

HA sido muy comentada la entrevista del presidente del Gobierno en Financial Times y sus argumentos para considerar que las nucleares son una opción inconveniente para España. Uno de ellos, la no disponibilidad de agua para refrigeración, es cuando menos curioso porque todas las centrales nucleares juntas no llegan a consumir 3 hectómetros cúbicos al año, un 6% del agua que se quería trasladar a Barcelona.


Nuestro consejero de Innovación ha añadido recientemente algunos argumentos relacionados con la rentabilidad, con la seguridad y con los plazos temporales de construcción de una central, que sí son merecedores de mayor atención y discusión, aunque su propósito haya sido cerrar el debate nuclear aunque se abra. Aunque de facto ya está abierto.


El ex presidente González se ha apuntado también, pero en otro sentido. Afirma ahora que la energía nuclear es imprescindible ante la progresiva escasez de los combustibles fósiles y sus precios elevados. Añadía, en un sorprendente argumento de autoridad, que quien afirmaba eso era la persona que había suspendido el programa nuclear español; o sea, el responsable de nuestro actual modelo de generación de energía eléctrica.


El ministro de Industria ha hecho un guiño sobre el asunto en el Foro Nueva Economía. Se seguirá el programa electoral socialista, clausurando las centrales a medida que vaya finalizando su vida útil, pero a la vez les deseó una muy larga vida. Veremos lo que sucede en 2009 cuando haya que renovar o no la autorización a la central de Santa María de Garoña. En todo caso, actualmente, nuestro sistema de generación se articula sobre la térmica convencional (gas natural y carbón, casi a partes iguales), térmica nuclear y renovables.


Según la CNE, la participación de las renovables en la demanda eléctrica fue del 21% en 2007, un porcentaje apreciable pero sólo dos puntos superior al 19% registrado hace casi veinte años, en 1990, debido al intenso crecimiento de la demanda. Lo más significativo es la progresión de las nuevas renovables (eólica, fotovoltaica, biomasa, minihidráulica y recientemente termosolar), que cubrían sólo un 0,7% de la demanda eléctrica en 1990 -la renovable era entonces la gran hidráulica- y ahora ya están cubriendo casi un 13% de dicha demanda.


Pero hacia el futuro hay algunas sombras, con independencia de los grandes objetivos públicos. El coste de la electricidad de fuentes renovables es elevado, debido a la alta inversión por kilovatio hora producido, y lo será más a medida que suban los tipos de interés. La disponibilidad de espacios adecuados es limitada y es probable que los más interesantes ya hayan sido aprovechados o estén en proyecto, sobre todo en el caso de la eólica. La red eléctrica no fue diseñada para la recolección de energía de lugares dispersos -incluso a domicilio-, por lo que evacuación sigue siendo la gran restricción de todo nuevo proyecto de renovables.


Además no son energías de base, disponibles durante un gran número de horas al año y a cualquier hora del día. El Plan de Energías Renovables tiene como objetivo una generación equivalente a 2.406 horas de funcionamiento en 2010. La opción de obtener hidrógeno del agua y almacenarlo no puede ser tomada en consideración todavía como solución a este problema.


Así pues, el crecimiento de la generación renovable servirá para evitar emisiones de gases de efecto invernadero y para reducir las importaciones de hidrocarburos, pero tendremos una energía cara al menos hasta la amortización financiera de las instalaciones y mantendremos la necesidad de una gran capacidad de generación térmica convencional o nuclear, o importaremos energía de origen nuclear a Francia, según lo previsto con la nueva conexión.


La generación térmica convencional ha sido la principal respuesta al crecimiento de la demanda en el último cuarto de siglo. Al aprovechamiento del carbón se han sumado los nuevos ciclos combinados y las cogeneraciones alimentadas con gas natural, la fuente energética seleccionada por el primer Gobierno socialista para reemplazar el programa nuclear. El problema es que el precio del gas natural fluctúa con el del petróleo, se importa en su totalidad y su combustión produce 752 gramos de CO2 por kilovatio hora generado; con lo cual no cumpliremos ni Kioto ni post-Kioto (para quien se preocupe por eso) y seguiremos teniendo una energía cara. Es posible que la captura y almacenamiento de carbono sea operativa en el futuro, pero será costosa, y no parece que debamos fiar a ello nuestro futuro energético.


El tercer eje es la térmica nuclear, que vive una especie de renacimiento en el mundo: se están construyendo en este momento 36 nuevos reactores, hay 93 planificados y 218 propuestos, frente a un parque actual de 489 reactores en operación. Las razones son claras: no produce emisiones, el periodo de funcionamiento anual es muy elevado, los costes del combustible son razonablemente predecibles y el coste por kilovatio hora producido es muy ventajoso, incluyendo los gastos de gestión de residuos y los costes de desmantelamiento futuro. Además, la trayectoria de seguridad durante más de medio siglo es más que sobresaliente, y de Chernobil hemos aprendido, entre otras cosas, los muy limitados efectos de casi el peor accidente imaginable.


Nuestra suspensión nuclear supuso que no llegaron a ponerse en marcha o construirse once grupos de generación con una potencia conjunta de 10.500 MW, que habrían sido capaces de atender casi el 30% de la demanda actual. El resultado de la decisión fue que los ciudadanos hemos pagado la moratoria, hemos tenido que pagar nuevas centrales de ciclo combinado en sustitución de las nucleares abandonadas, estamos importando un hidrocarburo ahora muy caro y, para más inri, hubiéramos evitado, como mínimo, la emisión de unos 50 millones de toneladas de CO2 anuales respecto a la alternativa gas natural. O sea, casi el doble de las que evitarán en 2010 las renovables en el escenario más optimista del PER. Y además llevaríamos haciéndolo desde hace casi veinte años.


Me parece que tenemos derecho a que en España se debata todo esto. Al menos el mismo que han tenido los finlandeses antes de aprobar la ampliación de su capacidad nuclear.

 

Rafael  Salgueiro es profesor de la Universidad de Sevilla

 

Fuente: Diario de Sevilla

 

 

 

 

 
 

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